La cerveza y los romanos no suelen ir de la mano en el imaginario colectivo; sin embargo, esta bebida tuvo un papel importante en ciertos contextos del Imperio. Aunque el vino era la bebida por excelencia en Roma, la cerveza —conocida como cerevisia o zythum— se elaboraba y consumía en varias regiones del imperio, especialmente en provincias del norte y zonas rurales. En este artículo profundizamos en cómo se producía, controlaba y degustaba esta primitiva cerveza, desde su tecnología hasta su estatus social.
Origen e importancia de la cerveza en territorios romanos
A pesar de la hegemonía del vino, la cerveza nunca fue ajena al mundo romano. Heredada de culturas como la egipcia y la celta, la cerevisia se elaboraba sobre todo en las provincias del norte (Galia, Britania, Germania), donde las condiciones climáticas hacían inviable el cultivo de la vid. En estos territorios, las cervezas locales eran valoradas no solo por su sabor, sino como parte esencial de la dieta diaria.
Además, los legionarios destacados en regiones septentrionales adoptaban su consumo. Documentos como el Codex Theodosianus mencionan incluso gravámenes sobre la zythum, lo que indica su comercio y regularización. También hay indicios arqueológicos (ánforas cerveceras, restos de malteado, herramientas de molienda) que confirman su producción localizada.
En Roma capital, sin embargo, la cerveza no gozaba del mismo prestigio. Autores como Plinio el Viejo y Tácito hablaban de ella con cierta condescendencia, asociándola a pueblos “bárbaros”. Aun así, su elaboración persistía en círculos específicos y en momentos de escasez de vino.
Técnicas cerveceras romanas en detalle: de la malta al vaso
La producción de cerveza en el mundo romano requería un conjunto de saberes empíricos acumulados por generaciones. Aunque no existían manuales técnicos escritos como los de viticultura, la transmisión oral y práctica aseguraba que cada etapa del proceso estuviese controlada en lo posible.
1. Selección del cereal
La elección del cereal condicionaba completamente el sabor y textura final. Las regiones con tradición cervecera tendían a emplear:
- Cebada: abundante, resistente y de alto contenido en almidón. Era la más común en provincias del norte.
- Trigo y espelta: en zonas con agricultura más diversificada, como la Galia o Hispania.
- Farro y mijo: menos frecuentes, aunque ocasionalmente usados en cervezas rústicas o mezclas fermentadas.
Los granos se almacenaban en silos excavados en tierra o en tinajas selladas con cera, para evitar infestaciones.
2. Malteado artesanal
El malteado consistía en activar las enzimas del grano para convertir el almidón en azúcares fermentables:
- Remojo: los granos se sumergían en agua limpia durante uno o dos días.
- Germinación: se extendían sobre suelos de piedra o barro húmedo, vigilando la temperatura. Se removían cada pocas horas.
- Secado: tras varios días, se detenía la germinación mediante secado al aire o calor suave. Esto influía en el color del grano y, por tanto, de la cerveza final.
El grado de tueste del grano daba lugar a cervezas más claras o más oscuras. No existía una escala estándar, pero sí una apreciación sensorial clara.
3. Molienda del grano malteado
Una vez seco, el grano se trituraba para exponer su interior al agua:
- Muelas rotatorias de piedra: operadas por personas expertas, similares a las usadas en molinos de pan.
- Morteros manuales: utilizados en contextos rurales o domésticos.
Una molienda excesiva enturbiaba la bebida; una insuficiente dificultaba la extracción de azúcares.
4. Cocción del mosto
La mezcla de grano triturado y agua se cocía para solubilizar los azúcares. Se empleaban calderos de bronce, cerámica cocida o incluso barro tratado con brea.
El mosto se removía con cucharas de madera y se cocía hasta lograr una mezcla homogénea. En algunas regiones se añadían:
- Pan sin cocer o tostado: para favorecer la fermentación.
- Aromatizantes: como miel, resina, hierbas o dátiles.
El líquido se filtraba rudimentariamente y se dejaba enfriar antes de fermentar.
5. Fermentación: gestión de un proceso vivo
La fermentación era espontánea:
- Levaduras silvestres: presentes en utensilios o en el ambiente.
- Reutilización de posos: como “cultivo madre” empírico.
Se usaban dolia de barro poroso, a menudo semienterradas para estabilizar la temperatura. Estas se sellaban con tapas cerámicas o paños embreados para evitar contaminación.
La fermentación duraba de 2 a 5 días. Se valoraba mediante indicadores como espuma, burbujeo y olor.
6. Maduración, envasado y consumo
La cerveza rara vez se conservaba más de unos días, por falta de refrigeración o pasteurización. Por ello:
- Se consumía fresca y sin clarificar.
- En ocasiones se trasvasaba a ánforas selladas o recipientes de cuero.
- Podía avinagrarse rápidamente en climas cálidos.
¿A qué sabía la cerveza romana?
Según reconstrucciones arqueológicas y etnográficas, la cerevisia tendría un perfil gustativo muy distinto a las cervezas modernas:
- Ácida: debido a fermentaciones salvajes.
- Cereal húmedo y pan cocido: por el uso de malta poco tostada.
- Dulce o herbácea: si se le añadía miel, frutas o resinas.
- Turbia y densa: sin filtrar, con textura más cercana a una sopa líquida en algunos casos.
Los consumidores ajustaban el sabor rebajándola con agua, vino o zumos según disponibilidad.
Variantes regionales de elaboración y uso
El Imperio romano abarcaba regiones con tradiciones cerveceras muy distintas. Algunos ejemplos:
- Germania y Britania: uso de miel, bayas, y fermentaciones en cubas de madera. La cerveza tenía acidez láctica secundaria.
- Egipto: la zythum se hacía con pan sin cocer y se consumía como papilla líquida nutritiva.
- Galia e Hispania: tradición cervecera mixta, combinando pan líquido, frutas fermentadas y hierbas mediterráneas.
Estos enfoques influían en la aceptación social del producto, su sabor y su durabilidad.

Consumo y estatus social de la cerveza en Roma
La cerevisia formaba parte de la vida cotidiana en los márgenes del Imperio. Era la bebida de los soldados en campaña, que necesitaban una fuente calórica abundante y fácil de producir allá donde se asentaban. Para los campesinos y trabajadores rurales, la cerveza era práctica: se elaboraba con cereales locales, se fermentaba rápido y proporcionaba energía suficiente para resistir largas jornadas de trabajo. En regiones del norte y del oeste —donde la vid no prosperaba con facilidad— la cerveza no era solo una opción, sino la bebida natural que acompañaba la dieta diaria.
En cambio, en el corazón de la Roma urbana la percepción era otra. El vino reinaba como símbolo de civilización y refinamiento, mientras que la cerveza era considerada una bebida “tosca”, asociada a los pueblos bárbaros del norte o a las clases bajas del propio imperio. Para un ciudadano acomodado, beber cerveza podía interpretarse casi como un descenso en la escala social. Aun así, su consumo nunca desapareció: en las tabernae de los barrios periféricos se servía a esclavos, libertos y gentes humildes que buscaban una alternativa más barata y accesible al vino.
Este contraste ilustra bien cómo el consumo de cerveza en la Roma clásica estaba atravesado por el estatus social y la geografía. Lo que en Hispania, Germania o Egipto era una bebida de arraigo cultural, en Roma se percibía como una costumbre bárbara que solo toleraban quienes no podían permitirse vino. La cerevisia, por tanto, sobrevivió en los márgenes: no desapareció, pero nunca alcanzó el prestigio simbólico del vino en la sociedad romana.
Curiosidades técnicas y errores comunes sobre la cerveza romana
Mitos y confusiones
- «Los romanos no conocían la cerveza»: falso. La producían, consumían y regulaban en varias provincias.
- «Solo los bárbaros bebían cerveza»: sesgo elitista. Era común en muchas zonas del Imperio.
- «No sabían fermentar»: falso. Tenían un profundo conocimiento empírico de fermentaciones espontáneas.
Curiosidades arqueológicas
- Dolia encontradas en Germania presentan restos de resinas de abeto como conservante.
- Molinos de piedra vinculados a cervecerías domésticas muestran una producción regular y organizada.
- Tablas de racionamiento militar romano en Britania incluyen menciones indirectas a cerveza local.
Conclusión: una bebida más romana de lo que parece
Aunque nunca alcanzó el estatus simbólico del vino, la cerveza fue una constante funcional, práctica y cultural en muchas partes del Imperio. Las técnicas de elaboración, los saberes transmitidos y su integración en la economía doméstica nos hablan de una bebida viva, compleja y profundamente conectada con la realidad cotidiana de millones de personas.
En definitiva, la cerveza y los romanos tienen una relación más rica, más arraigada y mucho más interesante de lo que habitualmente se cree.










